viernes, 16 de enero de 2026

Primavera

 

Del libro Abril entre los dedos, de Jesús Cutanda Ruiz

 

PRIMAVERA

 

El café refulgente como un beso

al cruzar arbotantes rizomáticos

a las dos de la tarde.

Estornudo églogas cubierto en polen

mientras siguen fecundos los caminos

las andariegas almas de floresta.

A mi lado estornuda una paloma ,

y el banco es duro, estoy sentado mal.

Invaden a mis vértebras el tiempo.

Apenas veinticuatro, a punto veinticinco.

 

Mientras gratis trabajas horas extra,

recuerdo que nos quedan quince días.

Volverás al amor estacional

mientras pasan los años y estornudo

a doce mil kilómetros de ti

la primavera que en tus brazos pienso.

sábado, 27 de abril de 2024

NO ES POCO

 

NO ES POCO    Alfredo Alcahut Utiel

1er premio Categoría familias, antiguos alumnos y profesores

del I Concurso Literario “Jucreaciones”, 2024

 

Cuando se despertó una mañana, no podía creer que el rayo de sol que entraba por la ventana fuera real ni que lo vivido las horas anteriores no hubiera sido una pesadilla.

Todo había comenzado hace unas horas. Pepe llevaba unos meses como limpiador en el IES Río Júcar, en la exótica población manchega de Madrigueras, donde compartía tareas con su compañero Paco. Aquel fatídico día Paco estaba de baja por un virus, por lo que a Pepe le tocó lidiar solo la limpieza del centro, en una tarde muy ventosa, en las que las ráfagas de aire pugnaban por entrar por rendijas y resquicios, afinando su lúgubre canto en casi aullidos ululantes. Nuestro héroe tenía más miedo que las zorras. Las puertas que crujían las persianas que batían con fuerza, las ramas golpeando cristales le aterrorizaban siempre, mas aquella tarde la tormenta parecía más avinagrada que nunca. Estaba en biblioteca, donde los vientos azotan casi por todas partes, cuando de pronto, oyó un portazo. Se le erizaron los cabellos y su pánico ahogó un grito que pugnaba por salir de su garganta. Con extrema cautela se acercó al pasillo de donde provenía el sonido. Encontró cerrada la puerta del Laboratorio de Ciencias Naturales, la misma que él había dejado abierta hacía unos minutos. Con inmenso cuidado y enorme temor la abrió lentamente. Los caprichos del destino hacían que el último rayo de sol de la tarde entrara en ese momento por una ventana cuya persiana estaba rota, reflejándose en una vitrina mal cerrada, con el no buscado efecto de desviarse de lleno al simpático esqueleto del rincón, que parecía, iluminado como estaba con luz propia, a punto de echarse a hablar.

En ese instante, cosas de la física, la puerta entreabierta optó por abrirse completamente por su cuenta y riesgo, adornando su apertura con un gruñido rancio. El sobresalto de Pepe fue de órdago. Voló, más que corrió, hacia la biblioteca, se encerró con la llave tras vencer los pasmos que se habían adueñado de su cuerpo y respiró, sintiéndose más seguro, después de atrancar la puerta y cerrar con llave. El pánico nubló su conocimiento. Intentó llamar por teléfono, y el temblor de sus manos bloqueó el móvil. Por si fuera poco, un gemido infernal, procedente de la ventana, lo terminó de aterrorizar. Se acercó con cautela infinita: un gato, un maldito gato. Aprovechó para intentar comunicarse por la ventana, en balde. Nadie pasaba por aquellas horas por allí, ni remotamente. El terror y el agotamiento lo dejaron exhausto. En un momento de la noche, agotado, debió de dormirse.

Finalmente, un tímido rayo de luz lo despertó. Se hace de día, pensó, pronto vendrán profesorado y alumnado y habrá acabado esta pesadilla. Algo más calmado, se dijo: amanece, que no es poco.

viernes, 29 de septiembre de 2023

82 CARTAS. Poema de Yeray Núñez Utiel

 

82 CARTAS

 

Un día antes de las uvas,

En mitad del campo,

En mitad de la nada,

En la sierra de la provincia.

 

 La batalla parecía perdida,

Boca abajo y quitando,

Sabía que llegaba a cien.

Pero... Aún seguía en el juego

Aún seguía en batalla.

 

Ya habían caído bastantes

Pero no deje que me echaran

Con noventa y dos volví,

¿Junto a quién?

Junto a aquella que me daría

La batalla final.

 

 La partida seguía

Cada vez éramos menos,

Las miradas eran indiferentes,

Aquellos eran mis enemigos,

Yo supe a lo que iba.

 

Boca abajo y sumando

Creí que ese era mi fin

Pero me cruce con jinetes

Jinetes que me dieron

Una gran oportunidad

Otra oportunidad para vencer

Mi caballo lleno de oro fue,

 

 Dejándome con noventa y ocho

Con las otras inútiles,

Sabía lo que tenía que hacer

Pero no sabía si el destino

O la misma suerte,

Me acompañarían.

 

Nobleza y clero,

Entonces la vi,

Sin dudarlo ni un segundo

La llevé junto a mí, 

Esa era mi esperanza

Tan sola y abandonada,

Nadie la quería

Pero yo, yo sí.

 

 Boca abajo y restando.

Las miradas confusas,

Las cartas sobre la mesa,

Las riquezas obtenidas, 

Ahí estaban, de anteriores batallas.

 

Había acabado con muchos,

Pero no con los suficientes

Y no se habían ido del todo.

Algunos volvieron,

Junto a alguien que,

Ni con fe ni esperanza,

En la siguiente se fue

Para ya no más volver

 

Aún tenía posibilidades,

Contrincantes que,

No con tantos, seguían,

Pero ya nadie podía volver,

Ya no había marcha atrás

Hasta la muerte o vencer.

 

 Tras varias batallas,

cada vez éramos menos,

En el campo de batalla,

Un campo que cada vez,

Cada vez era más pequeño.

 

 Tres, quedábamos tres, hasta que,

Boca abajo y restando,

Por suerte yo, tenía grupo,

Tenía escuadrón.

Aquella alma perdida, no.

 

 Fue impactante, 

Con casi la misma puntuación,

Quedamos ella y yo,

 Yo y ella, en batalla.

Yo tenía fe y confianza.

Ella tenía a Dios de su parte.

 

 Tenía que cerrar

Cerrar las puertas,

Y eso hice.

Pero ella entro con todo y caballería.

No, no, no, no...

 

 Al filo de la espada, fue una mala jugada,

Tendría que haberme esperado,

Pero estaba muy desesperado,

No sé sus tácticas 

No sé por qué bando irá, 

O si acaso tenía algún bando abierto.

 

 Estaba confuso, no sabía que táctica seguir

O simplemente dejarlo estar,

Y que Dios me guie,

Pero no estaba solo.

 

Estaban junto a mí,

Los caídos que ella elimino,

Pero junto a ella también estaban,

Las almas que yo había echado.

 

 Las copas eran demasiadas,

No tuve opción,

Lo tuve que hacer,

Cambié 7 cálices por 3 palos,

La sonrisa en su rostro,

Cuando vi que la iba a dejar,

Eché la cabeza abajo como derrotado,

Pero no, esa no era mi batalla ultima,

Con caballería y espadas entré

Y los dejé a su suerte.

A solo seis de la derrota,

Y a trece de la victoria.

 

La gran batalla comenzó,

La conocida como: 

“La Dorada”

Junto a mi bandera, entre en la batalla,

Junto a mi escudo luché.

 

 Y tocaron las trompetas las doce,

Los tambores de la batalla,

El fuego de la guerra,

Todos en silencio.

 

 Barajando la suerte,

repartió aquella mujer

Siete cartas, 

Las cartas que me llevarían

A la derrota más absoluta

O a la victoria más total.

 

Dos, tres y cuatro reales.

Jinete y rey con poder.

Siete copas y cuatro palos.

En el campo de batalla,

Un noble con dinero,

Y lo cambié por siete copas.

 

 Cuando se llevó las copas, 

Empecé a tener miedo,

Una mirada concentrada en sus tropas,

Definitivamente tramaba algo,

abandonó a un jinete leal a su pueblo,

Pero no era lo que necesitaba,

Cuando robé, no era lo que necesitaba.

 

 Lo solté sin pensarlo, pero a ella le sirvió,

Alzando la mano al cielo,

Todos presentes nos miramos,

Ella lo tenía claro, iba a por todas, 

Y simple mente la soltó.

 

 Era hermosa, grácil y bella,

Cuando mis ojos la vieron,

No pude resistirme a decir que no

A aquella dorada y gran moneda.

 

Me la quede mirando,

Miré a mi rival,

Me la llevé y solté,

Boca abajo y ganando

Entonces, la batalla acabó

Con una victoria,

Con un Chinchón.