NO ES POCO Alfredo Alcahut Utiel
1er
premio Categoría familias, antiguos alumnos y profesores
del
I Concurso Literario “Jucreaciones”, 2024
Cuando
se despertó una mañana, no podía creer que el rayo de sol que entraba por la
ventana fuera real ni que lo vivido las horas anteriores no hubiera sido una
pesadilla.
Todo
había comenzado hace unas horas. Pepe llevaba unos meses como limpiador en el
IES Río Júcar, en la exótica población manchega de Madrigueras, donde compartía
tareas con su compañero Paco. Aquel fatídico día Paco estaba de baja por un
virus, por lo que a Pepe le tocó lidiar solo la limpieza del centro, en una
tarde muy ventosa, en las que las ráfagas de aire pugnaban por entrar por
rendijas y resquicios, afinando su lúgubre canto en casi aullidos ululantes.
Nuestro héroe tenía más miedo que las zorras. Las puertas que crujían las
persianas que batían con fuerza, las ramas golpeando cristales le aterrorizaban
siempre, mas aquella tarde la tormenta parecía más avinagrada que nunca. Estaba
en biblioteca, donde los vientos azotan casi por todas partes, cuando de
pronto, oyó un portazo. Se le erizaron los cabellos y su pánico ahogó un grito
que pugnaba por salir de su garganta. Con extrema cautela se acercó al pasillo
de donde provenía el sonido. Encontró cerrada la puerta del Laboratorio de
Ciencias Naturales, la misma que él había dejado abierta hacía unos minutos.
Con inmenso cuidado y enorme temor la abrió lentamente. Los caprichos del
destino hacían que el último rayo de sol de la tarde entrara en ese momento por
una ventana cuya persiana estaba rota, reflejándose en una vitrina mal cerrada,
con el no buscado efecto de desviarse de lleno al simpático esqueleto del
rincón, que parecía, iluminado como estaba con luz propia, a punto de echarse a
hablar.
En
ese instante, cosas de la física, la puerta entreabierta optó por abrirse
completamente por su cuenta y riesgo, adornando su apertura con un gruñido
rancio. El sobresalto de Pepe fue de órdago. Voló, más que corrió, hacia la
biblioteca, se encerró con la llave tras vencer los pasmos que se habían
adueñado de su cuerpo y respiró, sintiéndose más seguro, después de atrancar la
puerta y cerrar con llave. El pánico nubló su conocimiento. Intentó llamar por
teléfono, y el temblor de sus manos bloqueó el móvil. Por si fuera poco, un
gemido infernal, procedente de la ventana, lo terminó de aterrorizar. Se acercó
con cautela infinita: un gato, un maldito gato. Aprovechó para intentar
comunicarse por la ventana, en balde. Nadie pasaba por aquellas horas por allí,
ni remotamente. El terror y el agotamiento lo dejaron exhausto. En un momento
de la noche, agotado, debió de dormirse.
Finalmente,
un tímido rayo de luz lo despertó. Se hace de día, pensó, pronto vendrán
profesorado y alumnado y habrá acabado esta pesadilla. Algo más calmado, se
dijo: amanece, que no es poco.
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