ENTRE
LUCES Y SOMBRAS
No
puedo explicar qué fue lo que me ocurrió aquel día.
Lo
achaco a Eros, al amor, a esa bestezuela irreductible que nos hace cometer
locuras a todos, incluso a alguien como yo. A la pasión irracional que puede
llegar a poderse de una mente, aun presumiendo ésta de coherencia, equilibrio y
prudencia.
La
conocía desde hacía tiempo. La había tratado con discreción y con amabilidad,
pero poco a poco apareció en mí el interés. Ella era dulce y grácil, sencilla y
bella, con esa hermosura natural que no necesita de afeites ni aderezos. Era de
ese tipo de mujeres que sin proponérselo, pueden perturbar a alguien con la
suficiente sensibilidad. El trato cercano y amable, casual, fue dando paso a
una cercanía en la que fueron apareciendo ráfagas de afecto y complicidad. Como
los rayos de sol que, tras una oscura tormenta y en un día proceloso comienzan
a rasgar el cielo con tímidas luces, para dar paso a grandes claros que
llenarán el firmamento de luminosidad, así creció en mí (y no sé si en ella)
una natural inclinación, que como el sol, como mi sol, llenó de su presencia
los días y no escasa parte de las noches.
Fue
una tarde. Venía yo de disfrutar de la caza, más por tener ocasión de apreciar
el sol en las alturas y la umbría en los valles que por deseo de cobrar pieza
alguna. Mis pies flexibles se acomodaban fácilmente a lo dificultoso del sendero.
Laas saetas en el carcaj resonaban con su rítmico y conocido clangor en mi
hombro. Ella se dejó ver en un claro, a las orillas del río. Acababa de
bañarse, y sus ropas aún mojadas dejaban entrever los muchos encantos que
poseía. Conforme se adentraba, parecía llenar de luminosa sombra el rodal. En
verdad la luz del atardecer con dulzura penetraba en su túnica sutil, y su
sombra que avanzaba hacia mí, inconsciente y fatal, proponía más incógnitas que
seguridades.
Fue,
ya lo he dicho, una lacerante punzada, un golpe siniestro, algo que me atravesó
el corazón, fiera, ardorosa, alocadamente.
Bajé
apretando el paso. El corazón saltaba en mi pecho. Jadeaba de amor y cansancio.
Miró
extrañada al verme. Debió de ver mi rostro desencajado. La llamé. Mi voz alteró
su mirada.
Echó
a correr sin dar lugar ni ocasión a la conversación. No quise prodigarme en
palabras y tras ella corrí como si me fuera la vida en ello. El instinto
cazador que dormía en mí se despertó de repente. Corríamos como gamos a la
orilla del río. Yo, para tenerla, para hacer mío con lo que sentía que ya lo
era. Ella, por miedo y desesperación, por huir de algo que no conocía pero que
pasaba por entregarse en manos ajenas. En unas potentes manos divinas.
Creía
que, estando yo acostumbrado a correr por terrenos quebrados, le daría pronto
alcance. Mas ¡ay! No fue así. Mi amada, mi obsesión, el fin y motivo de mi vida
en estos efímeros momentos huía con una ligereza que nunca hubiera imaginado en
ella. Noté que cada vez que sus pies se acercaban a la ribera del río parecía
recobrar fuerzas. Sentía sin duda el apoyo paterno y, de algún modo que no
logro entender, el agua le hablaba en su lento murmullo.
Picado
en mi orgullo me lancé en su persecución con todas las fuerzas que me quedaban.
Un regusto salado y amargo me llenaba la boca, los ojos me picaban del sudor,
pero mi supremo y sobrehumano esfuerzo terminó dando resultado y la tenía a un
puñado de pasos.
Entonces
ocurrió.
Se
paró, desgarradoramente dirigió los brazos al cielo y la mirada hacia el río,
que por un instante pareció mudo y quieto, como si centrase todo su poder en la
escena que estaba presenciando.
Cesé
en mi carrera, me paré, tomé aliento y anduve hacia ella.
Se
me heló el icor en mis venas. Estaba allí, con un rostro entre desesperado y
alucinado, más llena de asombro que de terror, creo recordar. Me pareció que se
había parado más por cansancio en la huida que por voluntad de entregarse a mí.
Entonces lo contemplé. Aunque soy alguien acostumbrado al prodigio y a quien es
difícil de sorprender, no dejo de pensar la punzada que sentí en mi alma cuando
vi de qué manera Dafne se retorcía sobre su cuerpo, cómo se oscurecía su piel
al tiempo que verdeaban los cabellos, y cómo de sus manos lanzadas al cielo
surgían brotes leñosos que raudamente quedaron plenos de hojas oscuras. Árbol
ya, volvió sus ramas hacia las aguas de su padre el dios del río, quien había
obrado el milagro. Dafne, convertida en árbol. Dafne, salvada de mí.
¡Ay
de mí! ¡Ay de ella por mí! Y mi llanto que abundante de mi rostro caía y mojaba
sus pies, arraigados ya con desesperación a la tierra, regaba y hacía crecer
con su poder sobrenatural la causa por la que lloraba.
Me
dije “Apolo, has perdido la ocasión de amar y ser amado. Has fracasado, con
toda tu orgullosa divinidad, frente a solo una muchacha, una humilde ninfa”.
Quise,
de algún modo, reparar mi falta y enmendar mi fracaso. “Dafne”, le dije al enmudecido
tronco que había sido antes esbelto y voluptuoso cuerpo, “tú, Dafne, serás
desde ahora mía, serás el árbol a mí consagrado, y quien triunfe en mi nombre
llevará en sus sienes tus hojas, y la victoria llevará tu color y tu figura. Al
final serás mía para siempre, aunque no, desde luego, como yo hubiera deseado”.
Hablar
de arrepentimiento ahora es inútil, a la par que falso. Soy un dios y no puedo
admitir la derrota ni el fracaso. Tengo toda una eternidad por delante, y sé con
seguridad que el destino me tiene reservado muchos más sinsabores.
Lo
haría nuevamente una y mil veces, y no me arrepiento, aunque odio haberlo
hecho, aunque odiaré, inútilmente, haberlo hecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario