sábado, 15 de febrero de 2020

Entre luces y sombras


ENTRE LUCES Y SOMBRAS
No puedo explicar qué fue lo que me ocurrió aquel día.
Lo achaco a Eros, al amor, a esa bestezuela irreductible que nos hace cometer locuras a todos, incluso a alguien como yo. A la pasión irracional que puede llegar a poderse de una mente, aun presumiendo ésta de coherencia, equilibrio y prudencia.
La conocía desde hacía tiempo. La había tratado con discreción y con amabilidad, pero poco a poco apareció en mí el interés. Ella era dulce y grácil, sencilla y bella, con esa hermosura natural que no necesita de afeites ni aderezos. Era de ese tipo de mujeres que sin proponérselo, pueden perturbar a alguien con la suficiente sensibilidad. El trato cercano y amable, casual, fue dando paso a una cercanía en la que fueron apareciendo ráfagas de afecto y complicidad. Como los rayos de sol que, tras una oscura tormenta y en un día proceloso comienzan a rasgar el cielo con tímidas luces, para dar paso a grandes claros que llenarán el firmamento de luminosidad, así creció en mí (y no sé si en ella) una natural inclinación, que como el sol, como mi sol, llenó de su presencia los días y no escasa parte de las noches.
Fue una tarde. Venía yo de disfrutar de la caza, más por tener ocasión de apreciar el sol en las alturas y la umbría en los valles que por deseo de cobrar pieza alguna. Mis pies flexibles se acomodaban fácilmente a lo dificultoso del sendero. Laas saetas en el carcaj resonaban con su rítmico y conocido clangor en mi hombro. Ella se dejó ver en un claro, a las orillas del río. Acababa de bañarse, y sus ropas aún mojadas dejaban entrever los muchos encantos que poseía. Conforme se adentraba, parecía llenar de luminosa sombra el rodal. En verdad la luz del atardecer con dulzura penetraba en su túnica sutil, y su sombra que avanzaba hacia mí, inconsciente y fatal, proponía más incógnitas que seguridades.
Fue, ya lo he dicho, una lacerante punzada, un golpe siniestro, algo que me atravesó el corazón, fiera, ardorosa, alocadamente.
Bajé apretando el paso. El corazón saltaba en mi pecho. Jadeaba de amor y cansancio.
Miró extrañada al verme. Debió de ver mi rostro desencajado. La llamé. Mi voz alteró su mirada.
Echó a correr sin dar lugar ni ocasión a la conversación. No quise prodigarme en palabras y tras ella corrí como si me fuera la vida en ello. El instinto cazador que dormía en mí se despertó de repente. Corríamos como gamos a la orilla del río. Yo, para tenerla, para hacer mío con lo que sentía que ya lo era. Ella, por miedo y desesperación, por huir de algo que no conocía pero que pasaba por entregarse en manos ajenas. En unas potentes manos divinas.
Creía que, estando yo acostumbrado a correr por terrenos quebrados, le daría pronto alcance. Mas ¡ay! No fue así. Mi amada, mi obsesión, el fin y motivo de mi vida en estos efímeros momentos huía con una ligereza que nunca hubiera imaginado en ella. Noté que cada vez que sus pies se acercaban a la ribera del río parecía recobrar fuerzas. Sentía sin duda el apoyo paterno y, de algún modo que no logro entender, el agua le hablaba en su lento murmullo.
Picado en mi orgullo me lancé en su persecución con todas las fuerzas que me quedaban. Un regusto salado y amargo me llenaba la boca, los ojos me picaban del sudor, pero mi supremo y sobrehumano esfuerzo terminó dando resultado y la tenía a un puñado de pasos.
Entonces ocurrió.
Se paró, desgarradoramente dirigió los brazos al cielo y la mirada hacia el río, que por un instante pareció mudo y quieto, como si centrase todo su poder en la escena que estaba presenciando.
Cesé en mi carrera, me paré, tomé aliento y anduve hacia ella.
Se me heló el icor en mis venas. Estaba allí, con un rostro entre desesperado y alucinado, más llena de asombro que de terror, creo recordar. Me pareció que se había parado más por cansancio en la huida que por voluntad de entregarse a mí. Entonces lo contemplé. Aunque soy alguien acostumbrado al prodigio y a quien es difícil de sorprender, no dejo de pensar la punzada que sentí en mi alma cuando vi de qué manera Dafne se retorcía sobre su cuerpo, cómo se oscurecía su piel al tiempo que verdeaban los cabellos, y cómo de sus manos lanzadas al cielo surgían brotes leñosos que raudamente quedaron plenos de hojas oscuras. Árbol ya, volvió sus ramas hacia las aguas de su padre el dios del río, quien había obrado el milagro. Dafne, convertida en árbol. Dafne, salvada de mí.
¡Ay de mí! ¡Ay de ella por mí! Y mi llanto que abundante de mi rostro caía y mojaba sus pies, arraigados ya con desesperación a la tierra, regaba y hacía crecer con su poder sobrenatural la causa por la que lloraba.
Me dije “Apolo, has perdido la ocasión de amar y ser amado. Has fracasado, con toda tu orgullosa divinidad, frente a solo una muchacha, una humilde ninfa”.
Quise, de algún modo, reparar mi falta y enmendar mi fracaso. “Dafne”, le dije al enmudecido tronco que había sido antes esbelto y voluptuoso cuerpo, “tú, Dafne, serás desde ahora mía, serás el árbol a mí consagrado, y quien triunfe en mi nombre llevará en sus sienes tus hojas, y la victoria llevará tu color y tu figura. Al final serás mía para siempre, aunque no, desde luego, como yo hubiera deseado”.
Hablar de arrepentimiento ahora es inútil, a la par que falso. Soy un dios y no puedo admitir la derrota ni el fracaso. Tengo toda una eternidad por delante, y sé con seguridad que el destino me tiene reservado muchos más sinsabores.
Lo haría nuevamente una y mil veces, y no me arrepiento, aunque odio haberlo hecho, aunque odiaré, inútilmente, haberlo hecho.

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