LA
SALIDA
Me
ahogo. Es una dura, terrible y sofocante sensación. Pesada sensación. Deambulo
sin rumbo entre sombras siniestras, cuyos contornos apenas consigo ver,
caminando como van sin rumbo, cayendo de lleno en los ríos del olvido, entre
una bruma ora fría, inhóspita y dolorosa, ora caliente, pegajosa y sucia.
Camino,
siento, me asqueo, me ahogo. Sube hasta mi garganta la sensación de asfixia procedente
de unos pulmones que ya no logran respirar, siento convulsiones que brotan de un
corazón que hace cuatro días que dejó de latir. Al menos mi mente parce querer
seguir lúcida, al duro coste de la sed, esa sed que me atenaza, pero no, no he
de beber, no pienso sucumbir a la tentación. Mis labios mortecinos y resecos no
se saciarán ni se calmarán con ese incoloro e inodoro veneno.
No
quiero ser como ellos, no quiero beber en las fuentes del eterno olvido, no
quiero dejar de recordar quién soy y quién fui, ni los dos hermosos años de
amor, de increíble amor, años de ensueño que presumía que serían sin límite, tiempos
de un querer llevado a un ideal lejos de la racionalidad, pero que me hacía
sentir la persona más feliz del mundo. Años de amor que han concluido, que hasta
aquí me han traído, un paraíso perdido que me ha conducido, sin darme cuenta,
al infierno. Mi mente se niega a aceptar los detalles concretos, mi lucidez se
acaba aquí: no querer saber, no buscar ni hallar culpa. Solo queda el lamento,
solo queda el soñar despierta con el consuelo de mi amor pasado, con el recuerdo
de haber alcanzado lo imposible.
Aquí
seguiré siempre, en lo más hondo del infierno, perdida en un lugar sin caminos
ni fronteras, sin hogar ni lecho que me acojan, exiliada eterna en una eterna
intemperie. Pero si alguien... si él, sí, él, hiciera lo que nadie ha hecho, lo
que nadie ha intentado jamás, lo que es imposible... Vano sueño, inútil
pensarlo, infructuoso devaneo de mis sesos.
Escucho
por doquier llantos y gemidos, ahogados entre la ciega neblina. La oscuridad
pesa. El fosforescente y amarillento resplandor que alumbra este mundo apenas
da para vislumbrar los contornos de las sombras errantes, luz que no da muchas alegrías
en este antro enorme, en esta caverna sin principio ni fin. Estoy en el reino
de las tinieblas, por mucho que a lo lejos se distinga la llameante línea de un
horizonte lleno de horrores y tormentos.
Paseo,
camino, errabunda voy, estremecida a cada paso por los sonidos que cortan el silencio,
impíos gritos, inútiles voces, callados sollozos.
A
lo lejos, cíclica, periódica, puntualmente, llega el sordo estruendo de la roca
que el pobre condenado trataba de colocar, iluso él, en lo alto de un monte,
roca que siempre vuelve a caer.
Más
cerca rueda la rueda en el que sierpes inmisericordes se ceban en la carne del impío
desagradecido que osó despreciar la más antigua de las leyes, la de la
hospitalidad.
Más
próximo aún oigo el chapoteo del sediento y hambriento truhán que pretendió
engañar a los dioses y recibió generosa porción de castigo y suplicio.
Ahora
mismo, junto a mí, cincuenta mujeres pasan llevando sus cincuenta cántaros chorreantes,
cántaros sin fondo para llenar de nada una alberca infinita.
Y
el incesante caminar sin ruido de millones de almas. Aquí, en las profundidades
de la tierra, donde ya se ha pedido toda esperanza, donde ya se ha terminado cualquier
destino.
Al
fondo el resplandor siniestro parece dejar ver... No, no es posible, los ojos
muertos, exhaustos, juegan burlones...
Tras días sin dejar un solo minuto de pensar en él mi mente lo ha
configurado ante mí, como otro fantasma, uno más... No, esa figura que
atraviesa la niebla como navío el mar, como segador las mieses, como... ¡Sí,
sí: es él, es él, ¡la única persona que querría ver aquí, la única persona que
querría no ver aquí, la única persona que ha bajado a los infiernos a sacarme
de aquí! Ya alcanzo a oír su palabra, oigo sus voces, oigo su discusión con los
señores del inferno, oigo sus suplicas, sus lamentos... su relato de mi amor y
el suyo.
Se
oye su lira, su canto, y todo rumor cesa. Todo el reino de las tinieblas se
parado a escuchar su canción. El silencio se adueña del Orco. Orfeo ha venido por
mí, y yo estallo de gozo.
El
lenguaje de los dioses, como siempre es serio, duro y definitivo: Orfeo me llevará,
de vuelta a la tierra, a condición de no mirar atrás, a mí, a Eurídice, a la
mujer que amó y que ama. A mí, a esta alma errante que, ahogada y en silencio
seguirá sus pasos. Esta es la única condición que habrá de cumplir, le dicen.
Con ella se pone en camino. Y yo iré tras él.
El
camino asciendo, estoy más cerca, ya puedo sentir sus pasos. Va subiendo, la
fría luz del inframundo alcanza a configurar sus rasgos. Veo aclararse su
perfil, sus largos brazos, su esbelto talle, sus largas piernas, sus manos
hechas para la música, su ágil y atlético paso. No mueve la cara, temeroso de
volverse, apenas consigo ver sus cabellos morenos, recortados, su rostro que
era levemente moreno, ahora más bien blanco.
No
sé si saldré de esta, no sé si podremos lograrlo, no lo pienso, no quiero ni
puedo pensarlo, no sé si esto será una burla cruel, no sé si soportará no volver
la vista atrás, no sé si tendrá éxito, pero ha logrado lo que nadie había hecho
nunca, ha bajado al infierno para sacar de él a quien se ahogaba por falta de amor,
llena de tristeza y llanto. Y yo, Eurídice, no pienso ni siento, no razono y calculo,
solo ando, solo ando tras él, solo pienso que lo estoy amando.
28-octubre-2019
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