domingo, 19 de diciembre de 2021

FELICES LOS FELICES, de Carlos Marzal

 

Felices los felices, Carlos Marzal

 

 

Felices los felices,

 los más fuertes,

los timoneles de su mar propicio,

los de la risa madre de lo propio,

los ilesos del poso de la vida,

 los ilusos del paso de los sueños.

 

Ya estaban en su orilla y nos llamaban,

los desde siempre en pos,

 los más alerta,

los embebidos del primer aroma,

los del cristal de aumento sobre nada,

 los de la lupa en paz del sol desnudo.

 

Nos honran con su luz los atrevidos,

los de la desmesura,

los radiantes de ser nos enaltecen.

Los trágicos alegres en su cáliz.

Dichosos los dichosos en su dicha,

 los del humor febril del universo,

los simples partidarios, los devotos,

los de la pura razón voluptuosa.

 

Los dilapidadores nos redimen,

los héroes terrestres, los sin culpa,

 los de ya no caber en sí de gozo,

 los en su misma esencia,

los posesos.

 

Y felices nosotros,

sus discípulos.

Por lamernos en miel la llaga viva,

por extasiados en el tiempo amigo,

por aprendices de este amor demente.

 

 

EL APRENDIZ DE ESPUMAS

 

Yo conduje a mi niño hasta la orilla,

y él me condujo a mí,

más niño suyo.

Lo conducente, al fin, lo conducido.

 

Hasta entonces,

anduvo ensimismado

en tormentas de arena,

en castillos de almenas imposibles.

Con su pala y su cubo, en ramblas breves.

 

La media tarde se alumbraba oblicua

con dócil resplandor. El mundo en torno

brindaba a aquel volumen mansedumbre,

sin la laceración del mediodía.

 

El mar y el niño se observaron tensos,

como las criaturas más salvajes.

Tanteaban sus fuerzas,

recelosos,

en una esgrima tácita.

 

Hasta que el niño desplegó su índice,

y al señalar el mar,

creó desde la nada el mar primero,

fundó desde su amor el horizonte.

 

Corrió el niño hacia el agua,

y el animal, sumiso,

lamió sus pies descalzos. Para siempre,

tomaron posesión uno del otro,

señores a la vez, mutuos esclavos.

 

Así fue cómo el aprendiz de espumas

se hizo doctor en olas, erudito

en los cantos rodados, en los nácares,

en los azules yodos intangibles.

 

Yo me atuve a mi asombro,

pobre adulto.

¿Por qué,

si fuimos dueños, no lo somos?

¿Por qué,

si lo supimos, no sabemos?

 

¿Adónde fue a parar el paraíso?

 

 

(Carlos Marzal, de Ánima mía)

 

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